LA EFICACIA ALEMANA

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Mi amiga Mercedes, que tiene un vástago viviendo en Berlín, ha decidido pasar los veranos en aquella ciudad. Hijos aparte, lo entiendo perfectamente, porque Berlín es una ciudad… ¿cómo diría yo?: APETITOSA creo que sería un calificativo que la define con bastante exactitud. Berlín es un hervidero de cosas que van a decidir el futuro de Europa en lo que a tendencias culturales se refiere. Nuevos artistas gráficos, nuevos pintores, nuevos diseñadores, nuevos creativos, culto a la imagen nueva, o a la imagen de siempre bajo diferentes e insólitos prismas, una pequeña galería a la vuelta de la esquina y a su lado un café donde la gente intercambia opiniones sobre sus trabajos, sobre la última publicación que ha dado en el clavo de lo que se necesita saber o sobre la Documenta de Kassel donde, por cierto, se espera con impaciencia la presencia de Ferrán Adriá, no como cocinero sino como artista. Aventuro que hará un buen papel, porque es un hombre fiel a sí mismo y abierto al mundo.

Bueno, todo esto que cuento del ambiente de Berlín no pretende dar una imagen de una ciudad llena de “snobs”, sino todo lo contrario. Es una ciudad llena de gente de todo tipo y condición con interés por el mundo, por saber, por crear y por hablar de las cosas que les preocupan y ocupan, por intercambiar inquietudes. Así que, para mí, para mi amiga Mercedes y para muchos españoles que cogen casa aquí, este conjunto de movimientos es lo que hace que Berlín sea intensamente apetecible y apetitosa.

Pero no todo iba a ser bueno, claro. Siempre está el lado oscuro, el lado tenebroso e inquietante. Para un latino resulta difícil entender la mentalidad falsamente eficaz que tanta fama ha dado a los alemanes. Y Berlín no es una excepción. Yo diría que los alemanes, los berlineses por supuesto, si han sido eficaces en sus planteamientos es únicamente mirando el bienestar propio. Me explico: todo está montado para que el sistema funcione de la forma más económica en esfuerzos e improvisación (aunque esta palabra por sí sola les puede fundir las neuronas) para los que están al otro lado del mostrador. Me da igual que sea un funcionario, un dependiente de una tienda o el que vende perritos calientes (perdón, salchichas) en un tenderete en la calle. Es algo así como “nosotros somos la razón en sí misma y al que no le guste, puerta”. Bueno, tampoco es así exactamente, porque a la mayor parte de los que NO participan de ese mundo artístico, creativo, inquieto y en continuo movimiento, creo que no les cabe en la cabeza que alguien pueda sentir que el sistema de funcionamiento establecido por ellos pueda desagradarle a alguien y mucho menos que ese alguien se atreva a criticar su sistema. Ni siquiera que su sistema, modos y maneras sea criticable.

Ejemplo: agencia de viajes en Heidelberg. Cerrado hasta las 16’30. Cola de gente en la calle. Abren puntualmente. Me dirijo a chica en mostrador. “Buenas, quería ir a Berlín unos días…”. Interrumpe para decir: “Yo no, ese señor es el que da información”. Otra cola y dice el señor de información: “A Berlín, puede ir en tren, en avión desde Frankfurt, o alquilar un coche”. “Ya, ¿cuánto se tarda en tren y horarios?. ¿Y en avión?”. “Eso, aquella señorita rubia le dirá concreciones”. “Buenas, señorita rubia. Para Berlín, ¿qué me conviene más tren o avión?”. “Oh, yo solo le informo de trenes: tiene tal y cual posibilidad, tales horarios y tales precios”. “Y en avión?”. “No, yo no informo de aviones. Es la fila del señor de gafas”. Turno en la fila del señor de gafas que informa estupendamente de horarios y precios de aviones desde Frankfurt a Berlín. Me decido por el avión. “¿Cómo llegar desde Heilderberg al aeropuerto de Frankfurt?. No, no me lo diga. Ya voy a la cola de la señorita rubia que informa de trenes”. Cierro billete de tren. Nuevamente a la cola del señor de los aviones. Cierro avión. “No, espere, ¿el alojamiento?.”. “Hoteles en la fila del chico moreno”. “Vale, espere sin cerrar avión”. Cola de chico de hoteles. Me llega el turno. Cierro hotel por una semana en Berlín. Vuelvo a la cola de señor de gafas y cierro avión. Finalmente, agotada pero triunfando de la prueba, salgo a la calle con todo en la mano: billetes de tren, billetes de avión, bono de hotel… ¡Berlín es mío!. Miro el reloj: son las 18’15. He tardado casi 2 horas en algo que en España me hubiera resuelto un solo empleado en cualquier agencia en 15 minutos nada más. Esa es la eficacia alemana: el trabajador de la agencia está estupendamente, mucho menos estresado que el de la agencia española, pero el cliente sufridor consciente, puede acabar pegándose un tiro ante tanta eficacia.

Pero volvamos a Berlín. Mi amiga Mercedes me llama por teléfono. Está desde hace más de dos semanas viviendo en la casa de su hijo. El pisito que iba a alquilar, todavía no está disponible. Mercedes fue a Berlín en la primera semana de mayo, porque los administradores del edificio la esperaban para ver la casa y firmar enseguida. Luego le han ido dando largas. Ya está bien avanzado el mes y si ha visto la casa, es porque Otto, el inquilino que deja el piso, se lo ha enseñado por su cuenta. Mi amiga, después de tres citas anuladas por las bravas (sin explicaciones, sin la cortesía de una disculpa), todavía no ha podido ver el contrato para que un abogado se lo traduzca. La oficina de los administradores, que está terminando de redactar el contrato desde hace dos semanas y se lo va a entregar “esta misma tarde” se ha descolgado con que el propietario del inmueble –ahora que ella ya está en Berlín con el dinero en la mano- quiere y va a subir el alquiler un 25% ¡nada menos!. Y ella acepta; le jode pero acepta. Es una sentimental y quiere estar, cuando a ambos les apetezca, cerca de su hijo. Mi amiga no sabe cuándo podrá entrar en la casa. En la puerta de su futuro hogar se amontonan unas baldosas que hay que poner en el baño, siguiendo la normativa que ya conocían desde hace tiempo tanto el dueño del piso como los administradores, y que es la gran excusa para subir el alquiler: las reformas. Y las reformas consisten en eso, en poner las baldosas del baño a la altura que marca la ley.

Y sigue quejándose mi amiga. Como no ha firmado el contrato no puede ni comprar los muebles de la casa. Se va a volver a España a fin de mes. Pensaba que lo haría con su casa de Berlín preparada para el estreno, y se volverá con las manos vacías. Y, para colmo, una de las empleadas de la oficina de los administradores, habla con su hijo y, entre otras descortesías y falta del mas mínimo sentido de la elegancia, el “savoir faire” y la educación, le espeta que la fianza de tres meses hay que pagarla en efectivo y que si tienen dinero para eso.

A veces, la falsa eficacia y la descortesía alemanas van cogidas de la mano.

Camino Ciordia


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