El Palero de Agromán (II)

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Raquel quería encontrar sentido a esa palabra que martilleaba en su cabeza: palero. Siguiendo su intuición se encaminó a casa de su viejo tío. El mayor de cinco hermanos y el único que seguía vivo a pesar de un Parkinson  muy avanzado y de un cáncer. «No le queda mucho tiempo ya», pensaba mientras conducía veloz por una autopista que le llevaba hasta la residencia en que su único tío paterno pasaba parte del día haciendo juegos de habilidades con otros ancianos en situaciones similares.

Todo el odio que su tío había tenido a su madre  -(¿por qué?)-  desde que se conocieron se había convertido en cariño hacia ella. Las pocas veces que ella tenía tiempo de visitarle o pasar unas horas con él se convertían en día de fiesta para el anciano. Después de abrazos, mimos y flores con bombones, ella le hizo la pregunta. Palero.

  • «No, cariño, tu abuelo no era palero ni de Agromán ni de ninguna constructora. Los paleros eran los que manejaban las máquinas enormes con palas para preparar los terrenos donde se iba a construir. Y no había nadie en la familia con ese oficio, muy duro por cierto pero generalmente realizado por personas con un nivel de estudios por debajo de lo habitual en la familia. Y más aguante -añadió-. Al menos físico».

Al viejo tío Manuel le gustaba recibir visitas de Raquel casi tanto como ojear viejos libros. Consumido ya casi todo su tiempo, daba gracias por haber conservado la cabeza lúcida hasta entonces.

 

  • «Oye, sobrina, se me acaba de ocurrir que quizás algún medio pariente pudo haber sido palero en Agromán, pero no estoy seguro. ¿A tí tu padre te habló de los «sevillejas»?.
  • «No, en la vida. ¿Quiénes son?».
  • «Pues… verás. Tu bisabuelo y sus hermanos eran los típicos señoritos de pueblo y un tanto golfos. Así que tenían santas esposas y unos cuantos líos de faldas,  mozas del pueblo y alrededores. Algunas tuvieron hijos, todos reconocidos por tus antepasados. Para distinguirlos de los hijos habidos dentro del matrimonio, siempre les llamaban los «sevillejas». Quizás algún Sevilleja fue palero en Agromán».

Raquel se contuvo para no soltar una carcajada y hacerse cruces a un tiempo. ¡Qué familia esta con sus aires de rancio abolengo!. Menos mal que esos aires, que también tenía a veces su propio padre,  morirían definitivamente con su tío. Se despidió con un abrazo apretado y amoroso y la promesa de que volvería pronto a verle.

Decidió no seguir investigando más el tema. A fin de cuentas, empezar a perseguir por el mundo descendientes de la «otra rama» de los Sevilla no le iba a conducir a nada concreto. Sentía que lo que le pasaba, esas obsesiones con cosas desconocidas para ella se debían a algo extraño… relacionado con su padre y su madre. Ensoñaciones, mensajes, advertencias… Pero ¿qué?.

Obsesiones, mensajes, ensoñaciones… ¿quizás advertencias de algo?. ¿Qué es lo que le estaba ocurriendo que no entendía y empezaba a alterar su funcionamiento?. Papá, mamá… no, no era posible.

 

El padre de Raquel había sido un eminente científico. Su historial y los importantes premios y distinciones que había recibido en vida daban fe de ello. De hecho, en más de una ocasión su nombre sonó y dio vueltas como posible candidato al Nobel por los logros obtenidos en el campo de la biología molecular y la nanotecnología. Había sido un hombre del Renacimiento del siglo XX. El saber y la investigación habían sido el motor que impulsó toda su vida. Nunca ayudó a su madre cuando ella y su hermana lo habían necesitado. Nunca ayudó ni con un chavo a la carísima formación de ambas. Nunca hizo nada por su madre, -su esposa de la que nunca se separó legalmente ni maldito lo que a ella le importaba-, ni tampoco por ellas, al menos mientras fueron niñas y adolescentes. Su relación más estrecha había comenzado cuando ya eran mayores y podían hablar intelectualmente casi de tú a tú con él. Sin embargo, tanto su madre como ellas mismas siempre se habían sentido queridas por él. Y lo habían querido muchísimo. ¿Por qué?. Raquel no sabría explicarlo pero así había funcionado su familia. Fieles y raros. Punto. Un buen día, el cáncer se lo llevó igual que a sus otros hermanos. Y sus investigaciones o quedaron olvidadas por inviables en algunos casos o fueron continuadas por otros científicos.

Biología molecular, nanotecnología y sus derivadas, fueron los campos en los que destacó internacionalmente el padre de Raquel.

 

Lo de su madre fue muy diferente. Desde que decidió separarse, jamás pensó en volver a casarse o a vivir con nadie. Se sentía a gusto sola en su casa una vez que las dos hijas volaron del nido. Los años le jugaron una mala pasada. Cuando estaba en disposición de poder disfrutar de la vida a su aire, sin obligaciones laborales diarias, empezaron a asomar un montón de enfermedades. Aguantó con buena cara y en silencio todo lo que pudo. A pesar de tantos y tantos viajes de trabajo o vacación, a pesar de que «Grecia es mi hogar» -lo decía siempre- decidió que se iba a vivir a Islandia.

The blue lagoon, una de las más sorprendentes atracciones de Islandia. Un sapo de aguas cálidas a 37/39 grados durante todo el año. Eira, la madre de Raquel y Atenea era asidua visitante de este rincón de cuento desde que recaló en Islandia, creado artificialmente en 1976. En invierno contemplaba desde el agua las auroras boreales. Un lujo al alcance de todo el mundo.

 

Y se fué. Al frío, a los volcanes, a los géiseres, a los baños calientes en comunidad rodeada de hielo, a las cataratas de los dioses,  a ver cómo las placas de Europa y América se separaban centímetro a centímetro en aquellas tierras falsamente inhóspitas. Hizo una fiesta de despedida con sus imprescindibles, hizo prometer a sus hijas que jamás irían a buscarla porque éste era su momento y no les permitía que se lo invadieran. ¿Una muerte en vida?. Parece que vivió feliz un tiempo. Llamaba a sus dos hijas con frecuencia, nunca con imagen, solo la voz, su voz inconfundible. Y enviaba fotos en las que ella nunca aparecía.

Un buen día dejó de llamar. Raquel habló con Atenea que con sus producciones artísticas había recalado hacía tiempo en Australia. Su hermana tampoco sabía nada. Fieles a su promesa, no fueron a buscarla pero enviaron a una persona de confianza que, además de investigador, había sido un eterno adorador de su madre. La casita que había alquilado en el pueblecito «veraniego» de Borgarnes estaba vacía. Encima de la mesa y apoyada en una cesta de flores secas, un sobre dirigido a sus hijas.

«Os he querido por encima de todo. Recordadlo siempre. No es necesario que me busquéis pero si alguien me encuentra quiero salir de esta isla de hielo y paz convertida en cenizas. Queda algo de dinero para que las echéis al Egeo desde el cabo Sounion y visitéis una vez más esa Grecia que fue mi hogar en mi corazón. Estoy haciendo lo que debo, marcharme sola y en silencio. Es mi elección. Intentad ser felices. Sólo habré muerto el día en que me olvidéis».

La cascada de Godafoss, (cascada de los dioses), uno de sus lugares preferidos en Islandia. Allí la encontraron con una sonrisa helada. 

 

Todo se hizo como Eira había pedido. Llevar las cenizas a Grecia fue un buen motivo para el reencuentro y unas breves vacaciones griegas de las dos hermanas. A pesar de las distancias, estaban unidas por algún tipo de pegamento interior. Eran cómplices, amigas, fabuladoras a dúo, apoyo indiscutible de la una para la otra. Hermanas en el más hermoso y completo sentido de la expresión. Raquel siempre tuvo la sensación de que nunca habían demostrado a su madre el cariño que ambas le tenían y mucho menos el reconocimiento de que todo lo que la vida les había dado, se debía en buena medida a las armas con que su madre las preparó para salir el mundo a costa de no guardarse nunca nada para ella ni siquiera para su vejez.

 

Mientras Raquel regresaba a su laboratorio, pensaba en todas estas historias y sentía que de algún modo estaban relacionadas con lo que a ella le estaba pasando. Aunque, en realidad, ¿qué le pasaba a Raquel?. Un escalofrío le recorrió la espalda: «malo, algo malo está pasando. Algo siniestro».


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4 Responses to “El Palero de Agromán (II)

  • Carlos Alvarez
    2 semanas ago

    Por casualidad he pasado por aquí. Conozco su nombre porque como periodista que es he seguido sus trabajos durante mucho tiempo. He estado leyendo algunas entradas de este blog y ¿deja usted sus únicos y singulares blog-reportajes para entrar en la ficción?. Permítame, pero yo no lo haría. Vamos, que si quiere hacer ficción, me parece muy legítimo pero no deje de hacer lo otro. Si me admite un consejo amistoso, alternaría ambas cosas porque lo cierto es que ahora tampoco quiero perderme la continuación y el desenlace de la historia de Raquel y su familia, pero sus comentarios sobre otros temas, los planteamientos, nunca los he visto plasmados así en un blog. Y una última recomendación: si el mal tiempo no lo impide, escriba más a menudo. Con todo mi respeto y admiración.

    • Muchas gracias por sus comentarios y por sus sugerencias. Y, muy especialmente, por pasar por aquí, cosa que espero se repita con frecuencia. Culpable por mi intermitencia en publicar entradas nuevas en este rincón. Sé que debería ser más constante y que, por otra parte, los seguidores se crean en base a la periodicidad continua de publicaciones pero a veces no resulta tan fácil escribir. Especialmente cuando los acontecimientos de toda índole nos rebasan y nos crean esa especia de náusea vital que crea barreras entre pensamiento y acción. El mundo está muy mal, Carlos, y yo me siento muy malita. Procuraré seguir sus amables consejos. Y gracias una vez más por pasar por aquí y dejar sus opiniones.

  • ¿Os ha dado a todos por obras de intriga, realidad negra o cosas por el estilo?. ¿No deberías estar al margen de las modas?. No se que tal se te va a dar esto de los relatos inquietantes, (de momento la cosa me intriga) pero no quiero incordiar al decirte que los blogs de siempre son tu fuerte. De colega a colega. Besos.

    • Hola, Toni. No sé qué decirte, porque me he metido en esta historia debido a un impulso. Necesitaba hablar de forma más o menos disfrazadas, de algunas situaciones personales pero mezcladas con un mundo algo irreal. Y aquí estamos, a veces sin saber cómo seguir a pesar de que la estructura está entera en mi cabeza. En cualquier caso, seguiré también con los blogs al uso, como antes, siempre que tenga ganas de escribir. El desencanto de todo hace que esas ganas de comentar las cosas que todos comentan a todas horas me tiene hastiada. Veremos que otros contenidos puedo aportar que no sean de lo que habla todo el mundo. Besos también para tí.

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